martes, 10 de enero de 2012

Una cosa muy loca que salió de mi cabeza antes de ayer I

Día uno, el comienzo de todo









- ¡Miren allá! ¿Ven que se mueve raro?
 Yonatan había vislumbrado una estrella extraña, que se movía, en un primer lugar, de manera lineal, por lo que pensaron que sería un simple satélite. Sin embargo, el cuerpo celeste tomó rumbos muy erráticos como para considerarlo de esa manera, así que lo dejaron como un ovni.
- Ajá, se mueve como en zigzag – Le oí decir a Maqi, la única chica aparte de mí en el grupo, muy bonita y de carácter dulce aunque voluble.
 Yo escuché eso a la lejanía, estábamos un poco más alejados del resto, en la casa de Jerónimo, mi mejor amigo. Mis amigos y yo.. Nunca creímos que ese simple detalle, esa visión de un objeto volador sobrevolando los cielos encima de la casa de jero tuviera más significado que eso, un ovni. Pero no podríamos haber estado más equivocados.

 Ese día transcurrió normal, digamos, desde que caí en la depresión, donde todos los días normales se convirtieron en una mierda. Siempre hubiera deseado tener una “depresión normal”, es decir, estar triste, vulnerable, comiendo helado y yendo al psicólogo para recuperarme. Pero no. Mi depresión me hacía poner a la defensiva, evitando a cualquiera que tuviera la mínima intención de ayudarme siquiera acercarse. Me ponía agresiva, sensible y extremadamente frágil. Aunque de hecho, siempre fui frágil, y bastante fuerte a la vez. Una dicotomía con patas.
 Lo siguiente que pasó luego del ovni, fue que Marco -Mi novio- y yo, nos fuimos de vuelta a casa. Ya era muy tarde (¿O acaso era temprano?) así que decidimos volver, además del hecho de que muchos se estaban quedando dormidos.
Yo no sentía sueño, pero sí mucho cansancio, y estaba harta de los mosquitos.
Así fue que nos subimos a la moto y marchamos rumbo a casa. Una vez allí, preparé mi mochila con cosas básicas, unas mudas de ropa, y una bolsa de galletitas, al lado de mi siempre fiel botella de agua. En ese momento no entendía bien por qué lo hacía, seguro ya me estaba durmiendo. Marco ya se había acostado, tendido en la cama quedaba aún más flaco y alto de lo que ya era.
Yo me recosté sobre mi almohada y sentí que el sueño me vencía casi de inmediato.
 Creí estar soñando, pero el enorme griterío me expulsó de mi cama, curiosa hacia afuera.
Corrí hasta el living de mi casa, nerviosa, y me asomé por la gran ventana. Había decenas de personas corriendo, refugiándose en casas o bajo techos. No entendía muy bien por qué. Creí, quizás, que estaba soñando, que tal vez solo llovía o granizaba, o que no medía muy bien las cosas por lo poco que había dormido y la gran cantidad de horas de sueño que le debía a mi pobre cerebro. Lo que sé es que solo atiné a despertar a Marco y tomar mi mochila y la suya, meter algunas ropas y cosas en ella y salir de mi casa. Siempre creí que estaba completamente loca – Sí, YO creía que estaba completamente loca, no podía esperar que los demás no lo hicieran – Por creer en diversas cosas bastante increíbles. Le tenía un miedo condenado a los zombis y más de una vez apronté mi mochila con mis cosas como si debiera huir de mi casa para escapar de una plaga devoradora de muertos vivientes. Esta no era la excepción, de hecho, creía que eran ellos los que estaban fuera, más pensando que estaba muy cerca la famosa fecha “21/12/2012”. Era una tontería, nunca había creído que se acabara el mundo, o algo así.. Aunque a todos siempre se nos escapa un poco la cordura cuando pensamos en lo desconocido.
Marco no pronunció palabra alguna, creí que estaba aún bastante dormido como para coordinar lo suficiente sus pensamientos y decirme que vuelva a la cama, que estaba cometiendo una estupidez.
Sinceramente, le agradecí mucho que estuviera dormido en ese momento por lo que ocurrió a continuación.
Salimos de mi casa y lo que ocurrió en ese momento, creo que sobrepasó todo lo que yo había creído hasta el momento. Mi casa se desintegró, literalmente. Cayó sobre ella algo parecido a una bomba de gas y derritió todo, hasta que solo quedaron ruinas de lo que alguna vez fue la casa donde viví desde los ocho años.
Estaba estupefacta, pero Marco me tironeó del brazo, despierto al fin, para que saliera de ese lugar.
Ninguno de los dos tenía la menor idea de que carajo estaba pasando, todo era un completo caos y de pronto, el silencio.
Sin saber muy bien qué hacer, miré la hora de mi celular y noté que no había pasado más de una hora desde que nos fuimos de la casa de jero, por lo que mi primer lugar para ir, sabiendo que mis padres no estaban en casa, sino en el campo, quizás más seguros que yo misma, fue ese lugar.

Caminamos casi corriendo hasta llegar. La casa de Jerónimo no había sido desintegrada, y de hecho, para mi alivio, todos estaban ahí, inclusive Ángel, que no estaba cuando me fui.
– Chicos, ¿Qué está pasando? – Les pregunté, impávida, asustada.
Todos negaron con la cabeza, dándome a entender que estaban tan desconcertados como yo. Intentamos utilizar Internet, pero estaba cortado, tampoco había ninguna clase de informe en la televisión, todos los canales en estática continua.
Miré a Justo, un muy buen amigo mío, a pesar de que éramos tan iguales y tan distintos a la vez, y lo noté entre emocionado y perturbado.
Alguna vez había dicho que esperaba que este año pasara algo, algo sobrenatural, algo extraño, que sacudiera un poco las cosas. Quizás se lo veía tan anonadado porque jamás pensó que algo así realmente pudiera llegar a ocurrir.
De pronto, la calle de Jerónimo comenzó a llenarse de gente. Un pitido extraño comenzó a sonar, haciendo que, aunque desconociéramos la razón del impulso, e incluso que ni siquiera quisiéramos salir, nos levantáramos de los sillones y atravesáramos la puerta, entrando al baño de Sol que resultó ser el amanecer.
Siempre odié el amanecer.. Me hacía recordar a ese momento donde termina la siesta y ya no puedo hacer lo que tenga ganas de hacer, porque se levanta mi mamá. Es el fin y el principio. Odio los fines y los principios.

– ¿Qué es eso allá? – Preguntó Ángel, entornando la vista para captar bien lo que sea que fuera el objeto que estaba observando.
Todos nos volteamos a mirar a la vez. Estaba en el aire, a cierta altura, un objeto volador como el que había descrito Yoni, solo que esta vez, estaba tan cerca que podía notarse que era un avión. Un avión muy extraño, con forma de triángulo isósceles, una estructura que yo recordaba de un juego de SEGA muy viejo, muy mal traducido, en el cual se llamaba simplemente “Ala–Delta”, era muy veloz y disparaba proyectiles por ambos costados.
Entorné a mi vez mis ojos para lograr percibir en mayor medida el objeto, y al hacerlo, noté dos puntos de luz a su alrededor, que se hacían cada vez más grandes, a gran velocidad.
Ángel y yo estábamos frente al garage de la casa de mí mejor amigo, contemplando los objetos más de cerca que los demás, por lo que al darnos cuenta de eso, fuimos los primeros en dar un giro, y con horror, echar a correr por la calle, gritando a los demás que hicieran lo mismo.
Bueno, al menos yo hice eso, aunque no fue tan efectivo como mi mente en estado de total estupefacción había pensado. Al dar poco más de diez zancadas sobre la calle de tierra, sentí un dolor desgarrador en el brazo derecho, pero no dejé de correr en ningún momento, corrí con los ojos cerrados, sin siquiera tomarme de la herida.
Paré de correr cuando me cansé, abrí los ojos y me di cuenta de que esa luz ya no estaba, y que mis amigos se habían resguardado bajo un toldo, que estaba detrás de mí, aunque bastante lejos. No vi a dos de ellos. Yonatan, había desaparecido. Y Ángel.. Me dio una punzada de dolor en el estómago, tan grande que creí que iba a vomitar.
El hermano del disparo que me había pasado rozando a mí y había despedazado mi hombro, le había dado de lleno en el tórax. Estaba completamente destruido.
Corrí hasta él, al igual que todos mis amigos. Justo y Macarena gritaron del horror cuando lo vieron allí, tendido en el suelo.. Muerto.
Me caí hacía atrás y quedé sentada a escasos dos metros de él.
 Nunca pude arreglar mis diferencias con él.. Nunca pude decirle lo que realmente significaba para mí. Siempre tuve miedo de que me lastimara, porque por alguna razón, todo lo que él decía resonaba el doble en mi cabeza, pero ahora ya no podría. Ni lastimar ni ser lastimada.. Ni nada.
Sentí que me invadían las lágrimas, el dolor y un horrible sentimiento de desasosiego. Estaba muerto. Ya no lo podíamos salvar.

No sé si por miedo, por respeto o porque todos estábamos en shock, pero nadie se atrevió a tocarlo. Cuando recuperé la movilidad de mis piernas, me acerqué más a él, al tiempo de que Justo y Mariano hacían lo mismo.
Le acaricié el pelo, con la mente perdida. Tenía un semblante de paz muy extraño, que se contagiaba. Nadie gritó, nadie dijo nada. Todo era miradas de tristeza y lágrimas silenciosas que no paraban de caer.

 Ahora lo pienso con detenimiento y, en verdad, menos mal que murió así, prácticamente sin sufrir. Lo que nos esperaba a los demás, en cambio, no era nada que envidiar.

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