martes, 10 de enero de 2012

Una cosa muy loca que salió de mi cabeza antes de ayer III

Día tres, luchando por encontrar un refugio 








Una de las casas frente a esas dos no estaba tan destruida, por lo que pudimos quedarnos ahí esa noche.
A la mañana siguiente, seguimos viaje. Mi herida empeoraba cada vez más, sentía que cuando llegara a un hospital me iban a decir que tenían que cortarme el brazo. Estaba hinchado, de un horrible color bordó y con manchas amarillas y verdosas.
Cargamos toda el agua que pudimos y comenzamos a dirigirnos directamente al centro de la ciudad, sin desviaciones. Teníamos que evaluar también como estarían las cosas allá, aunque estábamos muertos de miedo ante la perspectiva de encontrar a esos invasores matando gente indiscriminadamente.
Conforme íbamos avanzando, el número de cadáveres se hacía mayor, pero parecían viejos, algunos ya en un leve estado de putrefacción, que de seguro aumentaría al mediodía. Decidimos apurarnos y al fin llegamos hasta el hospital, no sin antes pasar por las casas de los demás.
En la casa de Justo no parecía haber nadie, aunque su casa estaba intacta (Un refugio provisorio perfecto, si no fuera porque Justo no tenía acceso a él..). Me dio una punzada de lástima de pensar en que tal vez sus padres seguían vivos, pero no lo habían llamado para saber si él corría con la misma suerte.
Pasamos por la casa de Mariano y Macarena, desintegrada como la mía y la de Ángel. No había quedado prácticamente nada. Con una mirada que denotaba una angustia profunda, siguieron adelante: No podíamos detenernos mucho, mi estúpida herida estaba empeorando. Me sentía como una carga, pero no quería decirlo, ya que empeoraría el horrible clima.
Cerca de las seis de la tarde, Marco recibió una llamada de su casa. En Santa Fé estaba pasando lo mismo, pero en Villa Eloísa no habían desintegrado ninguna residencia, su mamá, su papá, abuelos y hermana estaban bien, pero su hermano mayor había desaparecido.
“Al igual que Yoni..” Pensé.. Debía de haber alguna conexión, pero mi cerebro mal alimentado y cansado por las pocas horas de sueño no podía encontrarla.

Una vez en el hospital, descubrimos con alegría que aún seguía funcionando, aunque prácticamente no había nadie.
Jerónimo abrazó con una alegría desbordada a su hermana, que justo había aceptado un turno esa noche como enfermera. Todos habían escapado de ese lugar, pero su hermana entendió que era un lugar seguro, ante lo que sea que estuviera pasando.
Ella fue la que me curó. Estaba tan débil que tuvieron que pasarme antibióticos por vía intravenosa, además de calmantes. No estuve muy consciente de lo que pasó esos días, pero sé que no se quedaron conmigo, fueron a hacer algo de lo que no tengo idea. Dormí por varios días.

Pero mejoré.

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