Día dieciséis, la crisis
En los días posteriores, nos abrimos camino por las ciudades. Queríamos llegar a encontrar más gente, no teníamos idea de a dónde ir, pero sabíamos que teníamos que sobrevivir de algún modo. Los Ala–Delta eran muy veloces y sus proyectiles hacían un daño tremendo, pero aún así, parecían ser pésimos vehículos de rastreo.
Anduvimos por muchos lugares, rescatando gente y haciendo que se uniera a nuestro grupo, hasta que se hizo lo suficientemente fuerte como para formar una resistencia. No tenía ni la menor idea de cómo hacía ese grupo tan numeroso de gente para mantenerse unida, y entendía aún menos porqué me lo atribuían a mí.
Con frecuencia, discutía con Justo acerca de mis decisiones, pero cuando las tomaba, las seguía sin chistar, era muy extraño. Era la líder del grupo y no sabía como carajo lo había logrado. Y la verdad, me sentía capaz de lograrlo, siempre que tuviera la confianza de todos.
Para el día dieciséis, ya habíamos logrado apropiarnos dos Ala–Delta (En misiones un tanto suicidas en las que perdimos algunos números.. Yo creía que el fin justificaba los medios, Justo estaba completamente en desacuerdo conmigo) y habíamos tomado como rehenes a sus tripulantes.
Uno de ellos – El mundo realmente es un pañuelo – era el propio Yoni.
Nos dijo que corrió a su casa, y que se fue con ellos con la condición de que no le hicieran nada a su familia, a Yanina y a Jerónimo.
“Con razón no desintegraron la casa de jero” – pensé, aún mirándolo y escuchando su historia, cuando nos la contó.
Aún así, Yanina y Jerónimo estaban en nuestra resistencia, en peligro, ya que representábamos una amenaza muy grande para su organización.
Nos dijo que aún estábamos a tiempo de unirnos, que de hecho, su líder local estaba especialmente interesado en los tres líderes de la resistencia de esta región: Jerónimo, nuestro líder táctico, Justo, mi consultor y la líder de la resistencia, Suki.. Yo.
Aunque nos afirmó que, de unirnos, íbamos a tener que matar a mucha gente, como a él le habían obligado a hacer.
– Yo me opongo, rotundamente. – Dijo Justo, y en sus ojos cafés no se veía más que pura determinación.
– Lo más lógico que podríamos hacer es unirnos, estar bajo sus órdenes un tiempo y después ver como desintegrar todo desde dentro, o al menos, la organización local. – Le retruqué, con tono claro y seguro.
Su cara no podía interpretarse como nada sino un gesto de total ofuscación y desacuerdo.
– Yo te lo dije esa vez, yo nunca voy a elegir destruir vidas inocentes así sea para salvar miles de otras vidas.
Después de escuchar eso, hice una pausa prolongada. Cerré los ojos por un instante, respiré profundo y me di cuenta de que no íbamos a llegar a un acuerdo. La resistencia se iba a separar.
Me llevé a Justo aparte de los ojos curiosos del resto de la gente, e intenté hablar serenamente con él. Quería convencerlo, creía que era la única forma de sobrevivir, quería que estuviera vivo, lo quería demasiado como para perderlo por su obstinación. Aunque me di cuenta tarde de que no era solo obstinación. Tenía la leve impresión de que era un hombre capaz de morir por sus principios.
– Justo, no es necesario que vayamos todos. Vamos a ir los que tenemos el espíritu más fuerte, los que podamos aguantar la presión de estar ahí. Nadie más que vos y nosotros seis sabe que vamos a hacer esto, y confío plenamente en quienes lo saben. Si ni siquiera Yoni se entera, no nos va a poder traicionar, quizás hasta logremos desmantelar la organización en esta región. Nadie va a saber que tuvimos que matar para mantener nuestra libertad y nuestra vida. Nadie va a saber lo que tuviste que hacer..
– Sí. Yo lo voy a saber. Y eso es más que suficiente como para que yo no vaya ahí. Los que se queden conmigo vamos a sobrevivir como vinimos sobreviviendo este mes. No importa que vos no estés para comandar.
Algo se había roto entre nosotros. Noté en seguida que ya no era un tono amistoso, ni siquiera de respeto. ¿Acaso había logrado perder el cariño que Justo me tenía solo con esa frase? Ahora que lo pienso, sé que él, en ese momento, pensaba que yo era otra persona. Estoy casi segura de que jamás imaginó que yo realmente pudiera reaccionar así, y eso le parecía repulsivo. Aún así, lo veía herido. Y eso me dio una puntada en el pecho muy dolorosa.
Lo vi irse con el enorme grupo de gente que nos acompañaba, tal cual Moisés guiando a su pueblo a la libertad. Atrás quedamos Jerónimo, Franco, Marco y yo, los únicos dispuestos a seguir mi plan. Franco tuvo que dejar atrás a Maqi, así que sentí que en ese momento, me identificaba con él. Dejar a alguien muy preciado, por un propósito más importante que nada: Conservar la vida y la libertad, a pesar de cualquier sacrificio.
Él sobrevoló la nave, conduciendo a gran velocidad en camino a La Plata , que era donde se localizaba el centro de la organización en nuestro país.
A lo lejos, apoyándome en la ventana, observé a Justo aún yendo a la cabeza de la gran procesión de gente. No volvió la cabeza atrás.
Eran las dos de la mañana ya. Diecisiete de Diciembre. Hacía dos años, en este mismo día, lo había conocido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario